
La novelista disecciona una pasión por cuyo poder combaten los implicados que han quedado, como sucede casi siempre, en tres. Como un Ingmar Bergman de nuestros días que no abandona a sus parejas cinematográficas hasta que éstas vomitan la última papilla, Regàs busca en el subconsciente del hombre frustrado a pesar de su juventud, quien necesita mostrar trofeos inexistentes y en la atractiva mujer diez años mayor que se deja conquistar complacida por un nuevo doncel de Sigüenza a quien llama «corazón» con la distancia de una tía carnal, luego entregada a la patología de los celos sumida en el alcohol, que sitúa a Regàs en la familia literaria de Malcolm Lowry y su obra
Bajo el volcán. Pese a ello, la novelista no renuncia a ironizar a propósito de esa mujer que está siempre perdiendo sus gafas y a darse un respiro de vez en cuando aparcando a Martín y dejando a Andrea con su melancolía para contarnos el gusto por el mar, junto al descubrimiento léxico excepcional de la navegación, sus ambages, sus ritos. Guiña, además, un ojo al cine y otro a la narrativa moderna, de Clarín a Benet. ¡Cómo sobrevuela el filme
Perros de paja de Peckinpah en el capítulo más violento de
Azul, donde la culpa, el miedo y el rencor aparecen en estado puro!; ¡cómo no vera la escritora catalana en la pincelada que dedica a la ciudad de Barcelona, el homenaje a
La Regenta en el amasijito de servilleta de papel y resto de café de la taza que ella entrega a Martín, despertando en el hombre la aversión, como en la obra de Clarín lo hiciese Ana Ozores!
Azul culmina con la constatación de una evidencia: nadie nos ama como quisiéramos ser amados, de ahí la inútil búsqueda. Sin embargo el motor que lleva al naufragio de las emociones es el azar, la convicción, se dice, de que cada acontecimiento lleve dentro de sí el rumbo que ha de seguir la historia, por encima de acciones y voluntades.