De manera imprevista, los navegantes deben atender un problema técnico que les hace arrimarse a la costa de una inquietante isla del mar griego, una isla misteriosa venida a menos en la que Arcadia es una vieja visionaria, junto a la que los navegantes vivirán situaciones parecidas a las del barco y los enamorados estarán a una braza de convertirse en homicidas. Bien cierto es que en la novela las vidas parecen timones de barcazas que tan pronto navegan en punto muerto como dejan de acusar las reducciones de velocidad, como si los signos del mar avisaran desde afuera de señales de cambio de unos seres que muestran el alcance de sus pasiones hasta el límite del peligro, incluso más allá.

Así, el cogollo narrativo levanta sus estratos con el ligero contratiempo que ayuda a que Andrea y Martín entren en fase devoradora. Lo mismo que el esposo Carlos, en una de las escasas escenas evocadas que le tocan sin que necesite más para mostrarlo, representa, en principio, la pasión bien amarrada tal y como maneja los amarres de la barcaza en la que llega. Está claro que para Leonardus lo importante no es vivir sino navegar, en contra del muchacho Martín, que odia el mar, y por tanto, navegar, incluso nadar. Pero tal vez contagiada del instinto de navegación de Leonardus, la narradora Rosa Regàs avanza al compás de la proa que surca las aguas plácidas de la mañana.

Maestra en las artes de jugar con la idea de tiempo, Rosa Regàs reconstruye en la novela Azul las distintas etapas de la vivencia amorosa: el balanceo de los inicios diez años atrás, el oleaje cuando el amor entra en la fase de la mentira o la venganza que no deja de ser pasión, el camino sosegado de la resignación metáfora marina del final del viaje y la cínica prospección fatal -digámoslo ahora- a partir del embrujo extraño que detuvo el Albatros.



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