
– ¿Y usted le envía el correo mientras está fuera?
Asintió.
– Se lo envío todo en un sobre grande una vez por semana más o menos, según lo que reciba. Y ella me escribe cuatro letras cada dos semanas. Bueno, una postal, para darme recuerdos y decirme qué tiempo hace y preguntar si hay que contratar a alguien para que limpie las cortinas y cosas por el estilo. Este año me escribió el 1 de marzo y desde entonces no sé nada de ella. Es de lo más insólito.
– ¿Guarda las postales, por casualidad?
– Pues no, tengo por costumbre tirarlas. No suelo coleccionar esas cosas. En mi opinión, se acumula demasiado papel. Las leo, las tiro y me olvido de ellas.
– ¿Dijo si tenía intención de hacer algún viaje o algo parecido?
– No, en absoluto. Claro que tampoco es asunto mío.
– ¿Parecía afligida o angustiada?
Sonrió con tristeza.
– Bueno, es un poco difícil que un conflicto se refleje en una postal, entiéndame. No hay mucho espacio para manifestarlo. A mí me pareció que estaba estupendamente.
– ¿Tiene idea de dónde puede estar?
– Ninguna. Lo único que sé es que no es propio de ella no escribir. La llamé cuatro o cinco veces. En una ocasión contestó una amiga suya, muy mal educada, pero en las restantes no respondió nadie.
– ¿Quién era la amiga? ¿La conocía usted?
– No, aunque tampoco conozco a sus amistades de Boca. Pudo ser cualquiera. No tomé nota del nombre y no lo reconocería aunque usted me lo mencionase ahora.
– ¿Qué me dice del correo que ha estado recibiendo? ¿Le siguen llegando facturas?
Se encogió de hombros.
– A mí me parece que sí. Yo me he limitado a reexpedirle lo que se ha venido recibiendo, sin prestarle mucha atención. Si quiere mirarlas, hay unas cuantas cartas que estaba a punto de remitirle. -Se levantó y se acercó a una arquimesa cuyo cuerpo superior era una vitrina. Abrió con una llave una de las puertas de vidrio. Cogió un pequeño fajo de sobres, apartó unos cuantos y me los tendió-. Esto es lo que suele recibir.
