
Tendría sesenta y tantos años, llevaba el pelo teñido de color albaricoque y lucía una permanente que parecía recién hecha. Debían de haberle hecho más rizos de lo que le gustaba porque se estaba ajustando un gorro de punto. Le sobresalía un mechón rebelde de pelo albaricoqueño, igual que a Ronald McDonald, y la señora bregaba por esconderlo. Sus ojos eran de color avellana y tenía la cara salpicada de pecas de color jengibre. Vestía una falda sin forma definida, calzaba calcetines y zapatillas deportivas, y parecía muy capaz de correr al galope si se lo proponía.
– No quiero parecer insociable -dijo con desenvoltura-, pero me siento perdida si no voy al mercado por la mañana.
– No le haré perder mucho tiempo, no se preocupe -dije-. ¿Podría usted decirme cuándo tuvo noticias de la señora Boldt por última vez? Por cierto, ¿es señora o señorita?
– Señora. Es viuda, aunque no tiene más que cuarenta y tres años. Estuvo casada con el propietario de una cadena de fábricas del sur. Por lo que sé, murió de un ataque al corazón hace tres años y le dejó un buen fajo de billetes. Fue entonces cuando compró el piso de aquí. Pero, por favor, siéntese.
Se hizo a la derecha y me condujo a una sala de estar con muebles antiguos de imitación. Por los visillos de color amarillo claro se filtraba una luz dorada de cualidad sedosa y alcancé a oler los restos del desayuno: bacón, café y un producto sazonado con canela.
Tras dar constancia de que tenía prisa, parecía dispuesta a concederme todo el tiempo que yo quisiera. Tomó asiento en una otomana y yo ocupé una mecedora.
– Tengo entendido que en esta época del año suele vivir en Florida -dije.
– Bueno, sí. Tiene allí otro piso. En Boca Ratón, dondequiera que esté ese sitio. Cerca de Fort Lauderdale, creo. Nunca he estado en Florida, así que para mí no son más que nombres. El caso es que suele marcharse hacia primeros de febrero y vuelve a fines de julio o principios de agosto. Dice que le gusta el calor.
