
– Bueno, ya sabe usted cómo es la gente. Sufría una especie de resfriado, sinusitis, alergia, o lo que fuera. No quiero criticarla, pero era un poco maniática. Me llamó y me dijo que había pensado tomar el avión inmediatamente, como si se hubiera decidido en aquel mismo instante. En realidad no tenía previsto viajar hasta dos semanas después, pero como el médico le dijo que podía sentarle bien, supongo que reservó una plaza en el primer vuelo disponible.
– ¿Sabe si utilizó los servicios de alguna agencia de viajes?
– Estoy casi segura de que sí. Probablemente los de alguna de los alrededores. Como no sabía conducir, solía ir a los establecimientos más próximos para no tener que andar mucho. Ya hemos llegado.
Tillie se había detenido ante el apartamento número 9, en el primer piso, y que se encontraba justamente encima del suyo. Abrió la puerta y me hizo pasar. Estaba a oscuras, con las cortinas corridas y el aire se notaba cargado. Tillie cruzó la sala de estar y abrió las cortinas.
– ¿No ha entrado nadie desde que se marchó? -pregunté-. ¿La señora de la limpieza, el lampista, el electricista?
– Que yo sepa, no.
Hablábamos como si estuviéramos en una biblioteca pública o en un hospital, pero ya se sabe que estar en casa ajena cuando no se debe estar pone nervioso a cualquiera. Incluso sentía en las tripas unos retortijones de bajo voltaje. Hicimos un rápido recorrido por la casa y Tillie dijo que todo le parecía normal. Nada que llamara la atención. Nada que no estuviera en su sitio. Nos despedimos, ella se fue por su lado y yo me quedé un rato más para rematar bien las cosas.
El piso hacía esquina y tenía ventanas a ambos lados de la fachada. Estuve un minuto mirando la calle. No pasaba ningún vehículo. Abajo, apoyado en un coche inmóvil, había un joven con el pelo cortado como un indio mohawk. Llevaba afeitada la parte inferior de los parietales, como un condenado a muerte, y la franja de pelo restante se erguía con tieso orgullo como el seto continuo y marchito que discurre por el centro de las autopistas.
