
– Gracias. Es posible que vaya. Me ha sido usted de mucha ayuda. Si hago el viaje, le haré una visita.
– Seguro que no sabe usted jugar al bridge, ¿verdad, querida? Durante estos últimos seis meses no hemos podido hacer otra cosa que jugar al tresillo y el lenguaje de Ida es cada vez más barriobajero. A la señora Wink y a mí se nos agota ya la paciencia.
– Bueno, no he jugado nunca, pero podría intentarlo -dije.
– A centavo el punto -dijo con precipitación y me eché a reír.
Llamé a Tillie. Parecía sin aliento, como si hubiera corrido para contestar.
– Hola, Tillie -dije-. Soy yo otra vez, Kinsey.
– Acabo de volver del mercado -dijo con voz entrecortada-. Espere a que recupere el aliento. ¡Uff! ¿Qué puedo hacer por usted?
– Creo que tengo que empezar a actuar. Quisiera echar un vistazo al piso de Elaine.
– ¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
– Bueno, en Florida dicen que no está allí, o sea que hay que averiguar a qué otro sitio ha ido. ¿Me dejará usted entrar si voy ahora?
– Claro que sí. Estoy desempaquetando la compra y eso lo hago en menos que canta un gallo.
Volví a la comunidad, la llamé por el interfono, me abrió y se reunió conmigo ante el ascensor con la llave del piso de Elaine. Le conté los detalles de la charla que había sostenido con el administrador de la finca de Florida mientras subíamos al primer piso.
– Entonces, ¿nadie la ha visto allí? Bueno, pues algo malo ha pasado -dijo-. De todas todas. Sé que se marchó y sé, sin lugar a dudas, que tenía intención de ir a Florida. Yo estaba en la ventana cuando el taxi se detuvo en la puerta, sonó el claxon y la vi subir. Llevaba el abrigo bueno de piel y un turbante de piel que hacía juego. Iba a hacer el viaje de noche, no le gustaba, pero como no se sentía bien, pensó que el cambio de clima la beneficiaría.
– ¿Estaba enferma?
