
Probé diversos empleos durante dos años, pero ninguno ejercía sobre mí el mismo atractivo. A despecho de sus restantes verdades, el trabajo detectivesco no puede separarse de la intermitente sensación de vivir pendiente de un hilo. Me había quedado colgada de la fiebre adrenalínica y ya no podía volver a la vida normal y corriente.
Al final entré en una pequeña agencia de detectives privados, pasé otros dos años aprendiendo el oficio y luego me establecí por mi cuenta tras obtener la licencia correspondiente. Llevo ya cinco años en ello y sobrevivo con modestia. Ahora soy más sensata y tengo más experiencia, pero cuando un cliente toma asiento delante de mí sigo sin saber qué va a ocurrir a continuación.
Capítulo 1
Aquella mañana no hacía ni veinte minutos que había llegado al despacho. Había abierto el balcón del primer piso para que entrase un poco de aire fresco y acababa de llenar la cafetera de filtro. Estábamos en junio, y junio, en Santa Teresa, equivale a niebla fría por las mañanas y bruma por las tardes. Aún no eran las nueve. Me había puesto a mirar el correo del día anterior cuando oí un golpecito en la puerta y vi entrar a una mujer.
– Menos mal que está aquí -dijo-. Usted tiene que ser Kinsey Millhone. Yo soy Beverly Danziger.
Nos dimos la mano, tomó asiento inmediatamente y se puso a rebuscar en el bolso. Sacó una cajetilla de cigarrillos con filtro y cogió uno.
– Si le molesta que fume, dígalo -dijo, encendiendo el cigarrillo y sin esperar a que le respondiera.
