"¿No mencionó mi nombre expresamente?”

"No, milord, me parece que no. Era un niño quien lo trajo, en realidad. No creo que tuviera más de ocho o nueve años. "

John dedicó al papel un último vistazo especulativo y luego se encogió de hombros. "Probablemente fuera para los dueños anteriores. " Lo estrujó en su mano y lo dejó a un lado. "No tengo ni idea de lo que significa. "


* * *

Más tarde esa noche mientras cenaba, John pensó en Belle. Mientras saboreaba una copa de whisky hojeando El Cuento de Invierno, pensó en ella. Y cuando se dirigió lentamente hacía la cama, pensó en ella.

Era hermosa. Eso era irrefutable, pero no creía que esa fuera la razón por la que invadía sus pensamientos. Había habido un destello en aquellos brillantes ojos azules. Un destello de inteligencia, y… de compasión. Ella había tratado de ofrecerle su amistad antes de que él frustrara completamente su tentativa. Sacudió la cabeza, como si así pudiera desterrarla de su mente. Sabía que era mejor no pensar en mujeres antes de irse a la cama. Cerrando los ojos, elevó una plegaria para poder dormir sin soñar.


Estaba en España. Era un día caluroso, pero su compañía estaba de buen humor; no había habido ningún enfrentamiento durante la semana pasada.

Se habían instalado en una pequeña ciudad, hacía casi un mes. Los vecinos estaban, en su mayor parte, contentos de tenerlos allí. Los soldados trajeron dinero sobre todo a la taberna, pero todo el mundo se sintió un poco más próspero cuando los ingleses llegaron a la ciudad.

Como de costumbre, John estaba bebido. Lo que fuera para borrar los gritos que resonaban en sus oídos y la sangre que siempre sentía en sus manos, no importa con qué frecuencia se las lavara. Unas cuantas copas más, calculó, y estaría de camino al olvido.

"Blackwood. "

Alzó la vista y saludó con la cabeza al hombre que se acomodó al otro extremo de su mesa. "Spencer".



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