
Terminó de comer y empujó el plato a un lado. La comida estaba sabrosa, pero nada parecía satisfacerlo últimamente. Quizás otro vaso de whisky.
Oh, ahora ya estaba borracho. Verdaderamente borracho. Eso, supuso, era algo por lo que todavía podía dar gracias a Dios.
Dejó que su cabeza cayera contra la mesa. La madre de Ana parecía nerviosa, ¿no? Su rostro, surcado de arrugas de pena y temor, flotó en su mente. Y Ana, pobre chiquilla, no debía gustarle tener a estos hombres cerca. Especialmente a uno como Spencer.
Oyó un ruido provinente de lo alto de las escaleras. Nada fuera de lo común.
Spencer. Oh, sí, eso es en lo que había estado pensando.
Un grano en el culo, eso es lo que era. Siempre armando jaleo en los locales, sin preocuparse por nada que no fuera su propia diversión.
Otro golpe.
¿Que era lo que había dicho?, que se largaba en busca de diversión. Típico de él
Otro ruido extraño. Este había sonado como el grito de una mujer. John miró alrededor. ¿Es que nadie lo había oído? Parecía que no. Puede que fuera porque él estaba más cerca de las escaleras.
“Me parece que este lugar tiene posibilidades.”
John se frotó los ojos. Algo no iba bien.
Se puso en pie, apoyándose en la mesa para aliviar la náusea que estremeció su cuerpo. ¿Por qué tenía la extraña sensación de que algo no iba bien?
Otro golpe. Otro grito.
Caminó despacio hacia las escaleras. ¿Qué iba mal? El ruido aumentó de volumen mientras caminaba a lo largo del pasillo del primer piso.
Y luego lo oyó otra vez. Esta vez sonaba claramente. "Noooooooooo" La voz de Ana.
John recuperó la sobriedad en un instante. Embistió la puerta, arrancandola de los goznes. "Oh, Dios, no," gritó. Apenas podía distinguir a Ana, su menudo cuerpo completamente oculto bajo Spencer, que embestía repetida y despiadadamente contra ella.
