
Esperando a que él se fuera para desaparecer.
– Durante un momento -dijo él- pensé que Beatrice estaba enferma. Parecía tan absorta en lo que estaba haciendo que creí que no iba a notar nuestra presencia. Es una actitud poco normal en ella.
Laura le miró y durante un segundo el conde se sintió morir bajo su franca mirada, y recordó cómo le había hecho perder la razón en la biblioteca.
– Explíquemelo -prosiguió el hombre-. Estoy convencido de que fue una confusión mía… tal vez haya sido un poco de insolación. ¿Era un libro lo que absorbía tan por completo la atención de mi sobrina?
Laura casi sonrió y en sus facciones se pintó un asomo de satisfacción.
– Sí -dijo-. Quiere leerlo ella sola. Está disgustada porque no puede hacerlo con fluidez, pero está esforzándose al máximo para conseguirlo.
– Dios del cielo -murmuró el conde-. Y ya que hablamos de insolaciones… ¿cómo ha conseguido esta alarmante transformación, señorita Melfort? ¿Poniéndola a pan y agua? ¿Aplicándole la vara dos veces al día, tras las comidas? Esta vez la sonrisa y la satisfacción fueron inconfundibles.
– Iniciándola en una historia que ahora desea leer por sí misma -dijo-. Escucharla con mi voz no es suficiente. Quiere oírla con la voz de su propia mente, aunque no lo ha dicho con estas mismas palabras.
– A ver si lo adivino -dijo el conde, tratando de no recordar el peso de los muslos de ella sobre los suyos, ni que la boca de ella se había rendido y abierto bajo la persuasión de la suya-. ¿Platón?
– No. -¡La malvada ponía cara de triunfo!
– Entonces ¿Milton?
– No. -Casi se estaba riendo. Él quería seguir con el juego mientras ella quisiera. Un pensamiento peligroso.
– No me diga -dijo el conde con una mueca- que quiere oír cómo el viril y romántico Damon le susurra dentro de la cabeza.
Laura se echó a reír. ¡Pardiez! No quería que ella se riera. Bueno, en realidad quería cogerla en brazos y girar con ella, y reír con ella.
