Habían caminado entre los árboles hacia el este de la casa, por la orilla del río que les conduciría al lago. Beatrice y Laura Melfort estaban sentadas en la orilla… hasta que Beatrice vio que se acercaban y se puso en pie de un salto. Se sintió orgulloso al comprobar que su sobrina había recordado que no debía correr hacia él gritando su nombre. Lejos de ello, esbozó una sonrisa encantadora, se ruborizó, hizo una reverencia y demostró a todos que se estaba volviendo una joven fascinante. El conde le devolvió la sonrisa con afecto.

Le había permitido tomar el té con sus invitados unos días antes y entonces se había comportado con mucha propiedad. La señorita Hopkins y su hermana la invitaron a unirse al grupo y Beatrice miró con ojos brillantes, primero a su institutriz, que se había puesto lentamente en pie y permanecía a la sombra de un viejo roble, y luego a él. Ambos asintieron con la cabeza y Beatrice reprimió un grito y dejó que la señorita Hopkins se le colgara de un brazo y la señora Crawford del otro, y echaron a andar. Los demás invitados les seguían como una alegre comitiva.

La señorita Laura Melfort, se dijo el conde de Dearborne, sabía confundirse con el paisaje. Dudaba que la señorita Hopkins ni nadie se hubiera percatado de su presencia. Claro que era una sirvienta. Los criados tenían que ser invisibles. El conde se quedó donde estaba hasta que su futura y los invitados dejaron de verse y oírse.

El contraste era tremendo. Alice Hopkins, rubia, pequeña y sonriente, iba envuelta en delicadas muselinas -el vestido, el sombrero, el calzado-, de acuerdo con los dictados de la última moda. El vestido de la señorita Melfort, escondida a la sombra del roble, era vulgar y de algodón barato. Le habría gustado vestirla de seda, de raso y muselina, pensó sin mirarla. Le habría gustado cubrirla de joyas. Y también le habría gustado desnudarla. Volvió la cabeza para mirarla. Laura estaba mirando en silencio la hierba que tenía a los pies.



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