Como él y la señorita Hopkins. Laura era de un mundo diferente. Bueno, quizá no tanto. Era una señora. Pero no pertenecía a su mundo de todas formas. En su mundo, las señoras no tenían que trabajar para ganarse la vida, ni llevaban ropa barata y práctica. En su mundo, las señoras no necesitaban utilizar el intelecto.

– Es usted una romántica incurable, señorita Melfort -dijo-. Aunque sea repetirme, creo que en su cabeza hay cerebro en lugar de serrín. Lo está haciendo muy bien con Beatrice. Estoy satisfecho.

Laura entreabrió la boca y dilató los ojos.

– Gracias -dijo, con una voz tan baja que el conde, más que oírla, le leyó los labios.

– Supongo -dijo él con un gruñido- que saber leer, por placer o por información, puede tener valor incluso para una mujer. Cómo se aprende carece de importancia. Quizá debiera leer también yo la historia de Damon y Angeline. Puede que haya conseguido usted otro adepto -dijo mirando el libro que la muchacha tenía en la mano.

– Sí -dijo Laura.

Lo que más deseaba el conde en aquel momento era acercarse a ella y besarla de nuevo. Se estaba convirtiendo en un vicio. Se preguntó cuánto tiempo le duraría si fuera libre de poseerla y utilizarla a su antojo. Tenía la extraña sensación de que el vicio no desaparecería nunca.

Porque tenía la sensación aún más extraña de que la atracción que sentía no era sólo física.

Un pensamiento alarmante.

– Voy a darle una hora de libertad, señorita Melfort -dijo-, mientras voy en busca de mis invitados. Estoy seguro de que tener un rato de intimidad durante el día es un raro lujo para usted.

Sólo después de que él se hubiera alejado con paso decidido, dejándola al pie del roble, se dio cuenta de que se había despedido de ella con la inclinación de cabeza más elegante del mundo.



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