
Se había vuelto descuidada y temeraria.
Aunque no había olvidado que había vuelto, había descuidado la posibilidad de que él no siguiera las costumbres de la mansión y tampoco se retirara temprano.
Y allí estaba, en la biblioteca, debajo de ella, sentado en un gran sillón de cuero, delante de la chimenea, aunque estaba apagada, pues era una cálida noche de verano. Desde las alturas sólo veía la parte superior de su cabeza, el negro cabello que sobresalía por el alto respaldo del sillón… y sus largas y bien formadas piernas, embutidas en el calzón ajustado y estiradas cómodamente sobre el fogón de la chimenea.
Iba muy elegante al aparecer inesperadamente en el estudio a última hora de la mañana. Llevaba unas flamantes botas alemanas de borlas blancas, calzón pardo hasta la pantorrilla, camisa blanca de encaje, pañuelo al cuello, chaleco verde y levita de un verde más oscuro. Tenía el aspecto que ella imaginaba que tendría un caballero de Londres, pero mejor aún. Y la verdad es que era un caballero de Londres que raramente aparecía por la finca rural que había heredado junto con el título poco más de un año antes, al morir su hermano mayor.
Al abrir la puerta del estudio, Bea había dado un gritito y corrido por la estancia para arrojarse en sus brazos.
– ¡Tío Bram! -había exclamado-. Has vuelto.
– Ya lo ves, niña -había dicho él, dándole un breve abrazo y apartándola para mirarla-. Te estás poniendo muy guapa. Pero tus modales me producen escalofríos. Las damiselas, y para el caso las señoras en general, no gritan ni chillan ni corren, Beatrice. Y por supuesto no se arrojan en los brazos de los hombres, por mucho que los caballeros lamenten esta convención. ¿No te han enseñado esas cosas?
