
– ¿Qué me has traído de Londres? -había preguntado Bea, sin hacer caso de la reprimenda, cogiéndole una mano perfectamente arreglada y enjoyada, y llevándosela a la mejilla-. ¿Me has traído algún regalo, tío Bram?
Él había hecho una mueca.
– Ten paciencia -había dicho-. Diablillo avaricioso. ¿Tienes una nueva compañera? Y he oído que te dura ya más de lo habitual.
– Ah, la señorita Melfort -había dicho Bea sin mucho miramiento-. ¿Cuánto tiempo tengo que esperar? No bromees, tío Bram. ¿Es un sombrero? ¿Una sombrilla?
Pero Bramwell Lattrell, conde de Dearborne, había preferido concentrarse en la institutriz de Bea, una mujer que detestaba profundamente que la llamaran compañera de su pupila. Bea era una discípula difícil, pero Laura Melfort era una auténtica preceptora. Estaba probando todos los métodos que conocía para enseñar a Bea a leer. No era fácil, pues Bea tenía quince años y la cabeza llena de pájaros; por lo menos eso pensaba Laura en sus momentos menos generosos.
Pero, compañera o institutriz, era una sirvienta, una empleada del conde de Dearborne. Se había dado perfecta cuenta cuando él la había inspeccionado sin prisas, de pies a cabeza, con sus ojos azul claro. Ella le había devuelto la mirada, reprimiendo las ganas de mirarse en algún espejo para convencerse de que estaba vestida. La mirada del hombre la había hecho sentirse como si no lo estuviera.
El conde había asentido fríamente con la cabeza antes de volverse para reanudar la conversación con su sobrina. Había puesto un dedo bajo la barbilla de Bea y le había dicho que cenaría con él aquella noche si era muy buena y prometía no volver a chillar.
La respuesta de Bea había sido otro chillido y varias palmadas.
La invitación no había incluido a la institutriz de Bea.
Pero en aquellos momentos ya no iba tan formalmente vestido. Con los pies enfundados en unas zapatillas de piel, no llevaba puesto más que el calzón oscuro y la camisa blanca de encaje, desabrochada y abierta casi hasta la cintura. Laura se había fijado en este último detalle cuando lo había visto entrar en la biblioteca con un candelabro de varios brazos. Laura había apagado su vela nada más oír la puerta.
