– Creo que me estoy enamorando.

– No te creo ni por un segundo.

La boca de Victoria se abrió con consternación. -¿Te he dicho que he sido objeto de las más asombrosa transformación en la vida de una mujer, y no me crees?

Ellie se burló. -¿De quién se te ocurre enamorarte en Bellfield?

– ¿Sabes guardar un secreto?

– Ya dije que podía.

– El señor Macclesfield.

– ¿El hijo del marqués?- Ellie casi gritó. -Victoria, es un conde.

– ¡Baja la voz!- Victoria miró por encima del hombro para ver si había llamado la atención de su padre. -Y yo soy muy consciente de que es un conde.

– Ni siquiera lo conozco. Él estaba en Londres cuando el marqués nos trajo hasta Castleford.

– Lo conocí hoy.

– ¿Y tú crees que estás enamorada? Victoria, sólo los tontos y los poetas se enamoran a primera vista.

– Entonces, supongo que soy una tonta -, dijo Victoria con altanería-, porque Dios sabe que no soy poeta.

– Estás loca, hermana. Completamente loca.

Victoria alzó la barbilla y miró por encima del hombro a su hermana. -En realidad, Eleanor, no creo que jamás haya estado más cuerda que en este mismo momento.


* * *

Le tomó horas a Victoria poder conciliar el sueño esa noche, y cuando lo hizo ella soñó con Robert.

Él la estaba besando suavemente en los labios y luego viajó a lo largo de los planos de su mejilla. Él pronunció en voz baja su nombre.

– Victoria… Victoria…

Ella se despertó de repente.

– Victoria…

¿Estaba todavía soñando?

– Victoria…

Se arrastró de debajo de la cubrecama y se asomó por la ventana que se cernía sobre su cama. Él estaba allí.

– ¿Robert?

Él sonrió y la besó en la nariz. -El mismo. No puedo decirte cuánto me alegro de que tu casa sea sólo de un piso de altura.



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