– Robert, ¿qué estás haciendo aquí?

– ¿Enamorándome locamente?

– ¡Robert!- Ella se esforzó por dejar de reír, pero su buen humor era contagioso.-Realmente, mi lord. ¿Qué estás haciendo aquí?

Recorrió su cuerpo en una galante reverencia. -He venido a hacerle la corte, señorita Lyndon.

– ¿En medio de la noche?

– No puedo pensar en un mejor momento.

– Robert, ¿qué pasa si hubieras ido a la habitación equivocada? Mi reputación estaría hecha trizas.

Se apoyó en el alféizar de la ventana. -Hablaste de madreselva. Olí hasta que encontré la habitación. -Hizo una demostración oliendo el aire. -Mi sentido del olfato es muy refinado.

– Eres incorregible.

Él asintió con la cabeza. -Eso, o quizá tan sólo enamorado.

– Robert, no me puedes amar. -Pero incluso mientras decía las palabras, Victoria escuchó su corazón diciéndole lo contrario.

– ¿No puedo? -Entró por la ventana y le tomó la mano. -Ven conmigo, tonita.

– N-nadie me llama tonita-, dijo, tratando de cambiar de tema.

– Me gusta-, susurró. Movió la mano a la barbilla y la atrajo hacia él. -Voy a besarte ahora.

Victoria asintió con la cabeza temblorosa, incapaz de negar el placer que había estado soñando toda la noche.

Sus labios se rozaron en una caricia ligera como una pluma. Victoria se estremeció contra el hormigueo que le recorrió por la espalda.

– ¿Tienes frío?-Susurró sus palabras con un beso en los labios.

En silencio, ella sacudió la cabeza.

Se echó hacia atrás y acunó su rostro entre las manos. -Eres tan bella.- Tomó un mechón de pelo entre los dedos y examinó su sedosidad. Luego acercó de nuevo sus labios a los de ella, acercándose y alejándose, lo que le permitió a ella acostumbrarse a su proximidad. Él se volvió a acercar, podía sentir su temblor, pero ella no hizo ademán de retirarse, y él sabía que ella estaba tan excitada como él.



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