
Robert movió la mano sobre la nuca de ella, hundiendo los dedos en su grueso pelo mientras su lengua trazaba el contorno de los labios femeninos. Ella sabía a menta y limón, y era todo lo que él podía hacer para no sacarla a través de la ventana y hacer el amor allí mismo, sobre la blanda hierba. Nunca en sus veinticuatro años se había sentido esa manera particular de necesidad. Era deseo, sí, pero con un pico increíblemente poderoso de ternura.
A regañadientes él se apartó, consciente de que él quería mucho más de lo que podía pedirle que por la noche. -Ven conmigo-, le susurró.
Ella se llevó la mano a los labios.
Él le tomó la mano y tiró de ella hacia la ventana abierta.
– Robert, es la mitad de la noche.
– El mejor momento para estar solos.
– ¡Pe-pero yo estoy en camisón!- Ella miró hacia abajo, a sí misma, como si recién entonces se diera cuenta de lo indecentemente vestida que estaba. Agarró sus mantas y trató de envolverla alrededor de su cuerpo.
Robert hizo su mejor esfuerzo para no reírse. -Ponte la capa-, le ordenó con suavidad. -Y date prisa. Tenemos mucho que ver esta noche.
Victoria vaciló un segundo, ir con él era el colmo del absurdo, pero ella sabía que si cerraba la ventana se preguntaría por el resto de su vida lo que podría haber sucedido esa noche de luna llena.
Ella salió corriendo de la cama y sacó un manto largo y oscuro de su armario. Era demasiado pesada para el clima cálido, pero podía muy bien enrollarlo alrededor de su camisón. Se abotonó el abrigo, se subió de nuevo en su cama, y con la ayuda de Robert se arrastró por la ventana.
El aire nocturno era fresco y cargado con el olor de la madreselva, pero Victoria sólo tuvo tiempo de tomar una respiración profunda antes de que Robert tiró de la mano y echó a correr. Victoria se rió en silencio mientras corrían por el césped y en el bosque. Nunca se había sentido tan vivo y libre. Ella quería gritar su alegría a la copa de los árboles, pero era consciente de la ventana abierta la recámara de su padre.
