
La señora Lyndon no había sido tan seria y grave como su marido había pensado. No, Victoria decidió, su madre la habría entendido.
Miró a la barbilla de su padre por un buen rato antes de que finalmente levantar los ojos y preguntar: -¿Usted me prohíbe verlo?
Victoria pensó la mandíbula de su padre se partiría en dos, tan tensa fue su expresión facial.-Sabes que no puedo prohibírtelo-, respondió. -Una palabra de disgusto a su padre, y me lanzará de aquí sin una referencia. Debe romper con él.
– No lo haré,- dijo Victoria desafiante.
– Tienes que romper.- El vicario no dio muestras de haberla oído. -Y hay que hacerlo con tacto supremo y con gracia.
Victoria lo miró meticulosamente. -He quedado en encontrarme con Robert en dos horas. Voy a ir a caminar con él.
– Dile que no puedes verlo otra vez. Hazlo esta misma tarde, o por Dios te arrepentirás.
Victoria sintió que se debilitaba. Su padre no la había golpeado durante años, no se desde que era una niña, pero él parecía furioso como para perder los estribos por completo. Ella no dijo nada.
– Bien-dijo su padre satisfecho, confundiendo su silencio con aceptación. -Y asegúrate de llevar a Eleanor contigo. No debes salir de esta casa sin la compañía de tu hermana.
– Sí, papá.- En esa medida, al menos, Victoria obedecería. Pero sólo eso.
* * *
Dos horas más tarde, Robert llegó a la casa de campo. Ellie se abrió la puerta tan rápidamente que ni siquiera logró bajar a la aldaba para un segundo golpe.
– Hola, mi lord-dijo ella, su sonrisa un poco descarada. Y no era sorpresa ya que Robert había estado pagándole una libra para que en cada salida se las arreglara para desaparecer. Ellie siempre había creído sinceramente en el soborno, un hecho que Robert fue indudablemente agradecido.
