Victoria consideró varias respuestas, pero finalmente optó por la honestidad. -Él dijo que no te casarás conmigo.

– ¿Y cómo sabe eso?-Replicó Robert.

Victoria se apartó. -¡Robert!

– Lo siento. Yo no tenía intención de levantar la voz. Es sólo que tu padre… ¿Cómo podría ser posible que conociera mis pensamientos?

Ella puso su mano sobre la suya. -Él no lo sabe. Pero él piensa que lo sabe, y me temo que es lo único que importa en este momento. Eres un conde. Yo soy la hija de un vicario. Hay que reconocer que es una unión muy inusual.

– Inusual-, dijo con fiereza. -Pero no es imposible.

– Para él lo es-, respondió ella. -Nunca va a creer que tus intenciones son honorables.

– ¿Qué pasa si yo hablo con él, pedirle tu mano?

– Eso podría apaciguarlo. He dicho que deseas casarte conmigo, pero creo que él cree que me lo estoy inventando.

Robert se puso de pie, atrayéndola con él, y galantemente le besó la mano. -Entonces, tendré que pedirle formalmente tu mano mañana.

– ¿Hoy no?-, preguntó Victoria con una mirada burlona.

– Debo informar a mi padre de mis planes-respondió Robert. -Yo le debo esa la cortesía.


* * *

Robert todavía no le había hablado a su padre acerca de Victoria. No era que el marqués pudiera prohibirle estar juntos. A sus veinticuatro años Robert estaba en edad de tomar sus propias decisiones. Pero él sabía que su padre podía hacer su vida difícil con su desaprobación. Y teniendo en cuenta la frecuencia con que el marqués instaba a Robert para comprometerse con la hija de este conde, u el otro duque, suponía que la hija de un vicario no resultaría lo que su padre tenía en mente para él.

Y así que fue, con determinación firme y cierto temor, que Robert llamó a la puerta del despacho de su padre.

– Entre-. Hugh Kemble, el marqués de Castleford, estaba sentado detrás de su escritorio. -¡Ah, Robert. ¿Qué necesitas?



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