Y así le dijo:-Sí. Ya es hora se case, ¿no le parece?

– No puedo creer que me esté diciendo eso.

– Mi querida señorita Lyndon. Usted no eran más que una desviación. Seguramente ya lo sabes.

Victoria no dijo nada, simplemente lo miró con horror.

– Yo no sé si mi hijo logró su diversión con usted o no. Francamente no me interesa.

– No puede hablarme de esa manera.

– Mi querida niña, puedo hablarle de cualquier manera que se me dé la real gana. Como iba diciendo, usted fue un desvío. No puedo tolerar esas acciones de mi hijo, por supuesto, es un problemilla desagradable desflorar a la hija del párroco local.

– ¡Él no hizo tal cosa!

El marqués la miró con una expresión condescendiente. -Sin embargo, es su problema mantener intacta su virtud, no de él. Y si fracasó en ese empeño, bueno, entonces eso es su problema. Mi hijo no le hizo ninguna promesa.

– Pero lo hizo-, dijo Victoria en voz baja.

Castleford enarcó una ceja. -¿Y usted le creyó?

Las piernas de Victoria inmediatamente se entumecieron, y tuvo que agarrase de la parte de atrás de una silla. -Oh, mi buen Señor,-susurró. Su padre había estado en lo cierto. Robert nunca había querido casarse con ella. De otra forma, hubiera esperado a ver por qué no había podido reunirse con él. Probablemente la habría seducido en alguna parte del camino hacia Gretna Green y, a continuación…

Victoria no quería ni pensar en el destino que casi cayó sobre ella. Recordó la forma en que Robert le había pedido “mostrar” cuánto lo amaba, cómo sinceramente que había intentado convencerla de que sus intimidades no eran pecaminosas.

Se estremeció, perdiendo su inocencia en el espacio de un segundo.

– Sugiero que deje el distrito, querida-dijo el marqués. -Le doy mi palabra de que no voy a hablar de su asunto, pero, no puedo prometer que mi hijo cierre su boca como lo hago yo.



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