
– No está aquí, señorita-fue la respuesta.
Victoria parpadeó. -¿Cómo?
– Se fue a Londres a principios de esta mañana.
– ¡Pero eso no es posible!
El criado le dirigió una mirada condescendiente. -El marqués me dijo que quería verla si usted aparecía.
¿El padre de Robert, que quería hablar con ella? Esto era aún más increíble que el hecho de que Robert se hubiera ido a Londres. Aturdida Victoria se dejó conducir a través de un gran hall hasta una pequeña sala de estar. Miró a su alrededor. Los muebles eran mucho más opulentos que cualquiera que ella y su familia hubieran tenido nunca, y sin embargo ella sabía instintivamente que esa no debía ser la mejor parte de la casa.
Unos minutos más tarde el marqués de Castleford apareció.
Era un hombre alto y se parecía mucho a Robert, a excepción de las pequeñas líneas blancas alrededor de la boca que aparecían con su ceño fruncido. Y sus ojos eran diferentes, más planos, de alguna manera.
– Usted debe ser la señorita Lyndon-, dijo.
– Sí-respondió ella, sosteniendo la mirada. Su mundo podía estar cayéndose a pedazos, pero ella no iba a dejar que este hombre lo viera. -Estoy aquí para ver a Robert.
– Mi hijo se ha ido a Londres.- El marqués se detuvo. -Para buscar una esposa.
Victoria se estremeció. Ella no pudo evitarlo. -¿Le dijo a usted esto?
El marqués no habló, prefiriendo tomar un momento para evaluar la situación. Su hijo había admitido que él había planeado fugarse con esta chica, pero que ella había demostrado ser falsa. La presencia de Victoria en Castleford, combinado con su actitud casi desesperada, parecía indicar lo contrario. Es evidente que Robert no había estado en posesión de todos los hechos cuando había preparado frenéticamente sus maletas y prometió nunca más volver al distrito. Pero el marqués sería un tonto si dejara a su hijo desperdiciar su vida con una don nadie.
