Ella negó con la cabeza mientras escaneaba el césped en busca de Neville. Desde esa perspectiva, al menos, Robert había demostrado no ser muy diferente de los otros jóvenes de su clase. Todos parecían estar interesados en atraer a cualquier mujer joven a su cama. Sobre todo cualquier mujer joven cuyas familias no fueran lo suficientemente poderosa como para exigir el matrimonio después del acto.

La posición Hollingwood parecía un regalo venido del cielo. Señor Hollingwood no estaba interesado en nada aparte de sus caballos y sus perros, y no había hijos mayores que se transformaran en plaga durante sus visitas a la casa, en el receso de la universidad.

Desafortunadamente estaba Neville, quien había resultado ser terrorífico desde el primer día. Maleducado y de malos modales, prácticamente mandaba en el hogar, y lady Hollingwood le había prohibido Victoria el disciplinarlo.

Victoria suspiró mientras caminaba por el césped, rezando para que Neville no hubiera entrado en el laberinto de setos. -¡Neville!- Dijo en voz alta, tratando de mantener su voz.

– ¡Aquí, Lyndon!

El desgraciado siempre se negaba a llamarla Señorita Lyndon. Victoria había llevado el asunto con lady Hollingwood, quien sólo se había reído, comentando sobre lo original e inteligente que su hijo era.

– ¿Neville?- Por favor, que no esté no el laberinto. Nunca había aprendido la manera de salir.

– ¡En el laberinto, cabeza dura!

Victoria se quejó y murmuró: -No me gusta ser una institutriz.- Y era verdad. Ella lo odiaba. Odiaba cada segundo de esta sumisión bestial, odiaba tener que complacer a los niños malcriados. Pero más que nada odiaba el hecho de que había sido obligada a ello. Nunca había tenido una elección. En realidad no. Ella no había creído ni por un momento que el padre de Robert no iba a correr rumores viciosos de ella. Él quería que ella se fuera del distrito.



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