
Era trabajar de gobernanta o la ruina. Victoria entró en el laberinto. -Neville-, preguntó ella con cautela.
– ¡Por aquí!
Sonaba como si estuviera a su izquierda. Victoria dio algunos pasos en esa dirección.
– ¡Oh, Lyndon!- Gritó él. -Apuesto a que no me puedes encontrar.
Victoria corrió a una esquina, y luego otro, y otro. -Neville-gritó ella-. ¿Dónde estás?
– Aquí estoy, Lyndon.
Victoria casi gritó de frustración. Sonaba como si estuviera directamente a través de la cobertura a su derecha. El único problema era que no tenía ni idea de cómo llegar al otro lado. Tal vez si rodeaba la esquina…
Ella dio un par de giros y vueltas, terriblemente consciente de que estaba completamente perdida. De pronto se escuchó un ruido horrible. Neville se reía. -¡Ya salí, Lyndon!
– ¡Neville!-gritó ella, su voz cada vez estridente. -¡Neville!
– Me voy a casa ahora-, se burló. -¡Que tenga una buena noche, Lyndon!
Victoria se dejó caer al suelo. Cuando saliera, ella iba a matar a ese mocoso. E iba a
disfrutar haciéndolo.
* * *
Ocho horas más tarde, Victoria todavía no había encontrado la salida. Después de dos horas de búsqueda, finalmente se sentó y lloró. Lágrimas de frustración eran cada vez más comunes en esos días. No podía imaginar que en la casa no hubieran notado su ausencia, pero ella no dudaba que Neville no confesaría que la había guiado dentro del laberinto. El desgraciado muchacho probablemente mandaría en sentido opuesto a cualquiera que la buscara.
