Se inclinó hacia delante, con los ojos amenazantes. -Nunca es demasiado tarde para soñar, ¿verdad?

– Esto es un sueño que nunca ceras cumplido.

Se encogió de hombros, con una expresión diciéndole que no le importaba mucho lo uno u lo otro.

– Dios, yo significaba tan poco para ti, ¿no es cierto?-Susurró.

Robert la miró fijamente, sin poder dar crédito a sus palabras. Ella había significado todo para él. Todo. Le había prometido la luna, y estaba decidido a cumplirlo. Él la había amado tanto que habría encontrado la manera de sacar esa esfera del cielo y servírsela en un plato si se lo hubiera exigido.

Pero ella nunca realmente lo había amado. Ella había amado tan sólo la idea de casarse con un conde rico. -Torie…-, dijo, preparándose para retrucar.

Pero ella nunca le dio la oportunidad. -¡No me llames Torie!- explotó.

– Me parece recordar que yo era el único que te di ese apodo en particular-, le recordó.

– Tú perdiste cualquier derecho hace siete años.

– ¿Perdí los derechos?-, Dijo, apenas podía creer que ella estaba tratando de echarle la culpa a él. Los recuerdos de esa noche patética atravesaron su cabeza. Él la había esperado en el aire de la noche fría. Esperado más de una hora, cada fibra de su ser vivo con amor, deseo y esperanza. Y ella había ido simplemente a dormir. Ido a dormir sin importarle nada de él.

Furia explotó en su cuerpo, y él la atrajo hacia sí, con las manos mordiendo su carne. -Parece que has olvidado convenientemente los hechos de nuestra relación, Torie.

Tiró de su brazo librándose del agarre de él con una fuerza que lo sorprendió. -He dicho que no me llames así. Yo ya no soy “ella”. No lo he sido durante años.

Sus labios retorcidos con perverso humor. -¿Y quién eres, entonces?



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