Su boca se abrió. -Como si yo fuera…

– Yo no me apresuraría a rechazarme-, me interrumpió. -Por supuesto que no podrías esperar una propuesta de matrimonio, pero no hay amenaza de ser desheredado. Y yo, querida, soy terriblemente rico.

El padre de él la había llamado “mi querida. Y él había usado el mismo tono condescendiente. Victoria se tragó las ganas de escupirle en el rostro y dijo: -Qué conveniente para ti.

Él siguió como si no la hubiera oído. -Debo decir que nunca pensé que nos volveríamos a encontrar en estas circunstancias.

– Tuve la esperanza que nunca sucediera-, replicó ella.

– La institutriz-, dijo, usando un tono extrañamente reflexivo de la voz. -Una posición interesante y precaria en esta casa. Ni familia ni sierva.

Victoria giró los ojos. -No tengo dudas sobre lo bien informado que estés, al igual que yo, sobre “la precaria posición” de una institutriz.

Él ladeó la cabeza de una manera aparentemente amistosa. -¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? Me parece bastante divertido que la elite de Inglaterra le está confiando la educación moral de sus hijos.

– Indudablemente puedo hacer un mejor trabajo que tú.

Soltó una risa brusca. -Pero nunca fingí ser bueno y puro. Nunca simulé ser el sueño de un hombre joven. -Se inclinó hacia delante y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Su tacto era suavemente escalofriante. -Nunca he pretendido ser un ángel.

– Sí-dijo en voz alta se atragantó. -Tú lo hiciste. Eras todo lo que yo había soñado, todo lo que había querido. Y todo lo único que quería…

Sus ojos brillaban peligrosamente cuando él la atrajo hacia sí. -¿Qué es lo que quería, Victoria?

Giró la cabeza hacia un lado, negándose a contestarle.

Él la soltó bruscamente. -Supongo que no hay ningún punto en reiterar todas mis esperanzas tontas.

Ella se rió sordamente. -¿Tus esperanzas? Bueno, siento mucho que no fueras capaz de acostarte conmigo. Eso debió haberte, sin duda, roto tu corazón.



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