– No sé lo que estás hablando-, dijo Victoria, totalmente desconcertada

– No me gustaría compartir.

– ¡Mi Lord! ¡Acabamos de conocernos!

Robert se volvió hacia ella, mostrando en sus ojos una asombrosa dulzura. -Lo sé. Sé, en mi mente, que apenas hace diez minutos te conozco, pero mi corazón te ha conocido toda mi vida. Y mi alma, incluso hace más tiempo.

– Yo no sé qué decir.

– No digas nada. Simplemente siéntate aquí a mi lado y disfrutar del sol.

Y así que se sentaron en la orilla cubierta de hierba, mirando las nubes y el agua. Permanecieron en silencio durante varios minutos hasta que los ojos de Robert se centraron en algo en la distancia, y de repente se puso de pie.

– No te muevas-le ordenó, con una sonrisa tonta desmintiendo la dureza de su voz. -No se mueva ni un centímetro.

– Pero.

– ¡Ni una pulgada!-Llamó por encima del hombro, corriendo por el descampado.

– Robert-, protestó Victoria, olvidando por completo que se le debe a llamarle -mi lord.

– ¡Ya casi he terminado!

Victoria estiró el cuello, tratando de entender lo que estaba haciendo. Se había escapado a un lugar detrás de los árboles, y todo lo que pudo ver era que él se inclinaba hacia abajo. Miró a su muñeca, casi sorprendida al ver que no ardía roja donde la había besado.

Había sentido ese beso a lo largo de su cuerpo.

– Aquí estamos.- Robert salió del bosque e hizo en una reverencia cortés con un pequeño ramo de violetas silvestres en su mano derecha. -Para mi lady.

– Gracias-susurró Victoria, sintiendo las lágrimas picar sus ojos. Se sentía increíblemente emocionada, como si este hombre tuviera el poder de llevarla a través del mundo, a través del universo.

Él dejo a todas, excepto una violeta, en su mano. -Esta es la verdadera razón por la que las recogí,- murmuró, metiendo los últimos flor detrás de la oreja. -Ya está. Ahora está perfecto.



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