Victoria se quedó mirando el ramo de flores en la mano. -Nunca he visto nada tan bonito.

Robert miró a Victoria. -Yo tampoco.

– Huelen celestial.- Ella se inclinó y olió nuevamente. -Adoro el olor de las flores. Hay cada vez más madreselva a las afueras de mi ventana, en casa.

– ¿De verdad?-, Dijo distraídamente, casi tocando su rostro, pero retiró la mano justo a tiempo. Ella era inocente, y él no quería asustarla.

– Gracias,- dijo Victoria, de repente mirando hacia arriba.

Robert se puso de pie. -¡No te muevas! Ni una pulgada.

– ¿Otra vez?- Se echó a su rostro en erupción en la más amplia de las sonrisas. -¿A dónde vas?

Él sonrió. -Para encontrar a un artista del retrato.

– ¿Un qué?

– Quiero que este momento sea capturado por la eternidad.

– Oh, mi lord-, dijo Victoria. Su cuerpo se estremecía de risa cuando ella se puso de pie.

– Robert-corrigió.

– Robert.- Ella era terriblemente informal, pero su nombre cayó con tanta naturalidad de sus labios. -Eres tan divertido. No puedo recordar la última vez que me reí tanto.

Él se inclinó y puso un beso sobre su mano.

– ¡Dios mío,- dijo Victoria, mirando al cielo. -Es muy tarde. Papa podría venir a buscarme, y si él me encontró a solas contigo.

– Lo único que podía hacer es obligarnos a casarnos-, Robert interrumpió con una sonrisa perezosa.

Ella lo miró fijamente. -¿Y eso no es suficiente para enviarle apresuraran a viajar al condado vecino?

Se inclinó hacia delante y acarició suavemente sus labios con un beso. -Shhhh. Yo ya he decidido que voy a casarme contigo.

La boca de ella se abrió en sorpresa. -¿Estás loco?

Él retrocedió con una expresión mezcla entre diversión y asombro. -En realidad, Victoria, no creo que jamás haya estado más cuerdo que en este mismo momento.



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