* * *

Victoria abrió la puerta de la casa que compartía con su padre y su hermana menor.

– ¡Papá!- Gritó. -Lo siento, llego tarde. Yo estaba explorando. Todavía hay mucho de la zona no he visto.

Ella asomó la cabeza en el estudio. Su padre estaba sentado detrás de su escritorio, trabajando duro en su próximo sermón. Agitó la mano en el aire, presumiblemente señalándole que todo estaba bien y que él no quería ser molestado.

Salió de puntillas de la habitación.

Victoria se dirigió a la cocina a preparar la cena. Ella y su hermana, Eleanor, se turnaban para hacer la cena, y esta noche era su turno. Probó el caldo de res que, antes, había puesto en la estufa, añadió un poco de sal, y a continuación, se dejó caer en una silla.

¡Quería casarse con ella!

Seguro que había estado soñando. Robert era un conde. ¡Un conde! Y él se convertiría en un marqués. Los hombres de títulos elevados no se casaban con la hija de un vicario.

Sin embargo, él la había besado.

Victoria se tocó sus labios, sin sorprenderse que le temblaran las manos. Ella no podía imaginarse si el beso habría sido tan importante para él como lo había sido para ella. Él era, después de todo, mucho mayor que ella. Él habría besado, sin duda, a decenas de mujeres antes que a ella.

Sus dedos trazaron círculos y corazones en la mesa de madera, mientras su mente soñadora rememoraba lo ocurrido esa tarde. Robert. Robert. Ella pronunció su nombre, entonces lo escribió sobre la mesa con el dedo.

Phillip Robert Arthur Kemble. Trazó todos sus nombres.

Él era terriblemente apuesto. Su cabello oscuro y ondulado era un poquito demasiado largo para la moda. Y sus ojos, uno supondría que un hombre de cabello oscuro tendría ojos oscuros, pero su mirada había sido clara y azul. Azul claro, parecían de hielo, pero su personalidad se había mantenido caliente.



8 из 275