
– No, esa no es la regla número uno-dijo Theodore entonces-. Es la número tres. La número uno es no dejar pasar la oportunidad de conquistar a una mujer hermosa. Así es como conocí a tu abuela. Es taba tras el mostrador de los caramelos con un mandil de florecitas. Me sonrió, yo le sonreí y el resto es historia.
– No pienso salir con un paje de Santa Claus-replicó Tom, nada convencido-. Ni con una empleada.
Pero podía pasarlo bien con ella mientras estaba allí, ¿no? Para pasar el rato, se dijo.
– Pero no mojes el palito en el tintero de la empresa-le aconsejó su abuelo.
Tom soltó una carcajada.
– Mojaré el palito fuera de la empresa, te lo prometo.
– Por cierto, me voy a Nueva York la semana que viene.
– Oh, no. No pienso hacerlo, abuelo. No pienso ponerme el traje de Santa Claus, no pienso sentarme en el sillón y tener a un montón de mocosos sobre la rodilla…
– Hacer de Santa Claus es una tradición familiar-lo interrumpió Theodore-. Yo lo hecho, tu padre lo ha hecho y ahora lo harás tú. Y algún día lo harán tus nietos. Además, así tendrás más tiempo para estar con esa encantadora jovencita-añadió, mirando el reloj-. Y ahora tengo que irme. El deber me llama.
Suspirando, Tom lo observó salir del despacho. Quería mucho a su abuelo, pero no podía entender aquella devoción por hacer de Santa Claus.
Conocía bien la historia. El año que abrieron los almacenes su bisabuelo, Thadeus Dalton, decidió que el éxito económico debía ser mitigado con cierta humildad. Según él, siempre era bueno acordarse de los menos favorecidos. De modo que se convirtió en Santa Claus para hacer realidad los deseos de los niños y continuó hasta su muerte en 1988. Como creía una grosería alardear de eso, el secreto empezó a formar parte de la tradición.
En 1920 era imposible averiguar quién había dejado un sobre con dinero debajo de una puerta. Pero últimamente los regalos eran cada vez más elaborados y había que contratar gente de fuera, de modo que tarde o temprano la historia llamaría la atención de la prensa.
