El lo miró, atónito.

– Qué has dicho, abuelo?

– Cuándo fue la última vez que tuviste relaciones sexuales? No te preocupes, a mí puedes decírmelo. Soy muy discreto.

– Qué tiene eso que ver?

– En realidad, nada. Solo era por curiosidad. A mi edad uno se vuelve curioso-contestó su abuelo.

– No pienso hablar contigo sobre mi vida sexual. El problema no es el sexo, sino el aburrimiento. Puedo hacer este trabajo dormido y tú lo sabes. Además, he triplicado los beneficios del almacén. ¿Por qué no me envías a Nueva York?

– Aún quedan muchas cosas que hacer aquí. Si te aburres, estoy seguro de que encontrarás la forma de mantenerte ocupado.

En realidad, Tom había encontrado algo… o más bien a alguien que había despertado su interés. Claudia Moore. Había pensado en ella muchas veces des de que la había visto en su despacho. Con aquella sonrisa contagiosa y los ojos brillantes…

– Robbíns ha contratado un nuevo paje para Santa Claus-dijo, para cambiar de conversación-. Es muy guapa, por cierto.

Su abuelo se volvió para mirarlo.

– ¿Cómo de guapa?

Tom vaciló un momento. ¿Lo había dicho en voz alta? Normalmente no decía en voz alta lo que pensaba, pero Claudia Moore tenía la habilidad de fu cene decir cosas que no solía decir. Tenía la capacidad de desarmarlo.

– Mucho-contestó-. Tiene muy buena figura y una melenita morena, así por encima de los hombros… Además de una sonrisa encantadora y uno ojos preciosos.

– De qué color?

– Una mezcla de castaño y dorado. Ámbar, diría yo. Cautivadores.

– Parece que te has fijado mucho en esa chica-rió su abuelo-. No olvides la primera regla de lo Dalton. Regla número uno, nunca…

– Lo sé, lo sé. No mantener relaciones con lo empleados-dijo Tom, impaciente.

Nunca había sentido la tentación de hacerlo, pero Claudia Moore lo intrigaba. Le gustaría conocerla mejor, charlar con ella, disfrutar de sus afilados comentarios.



9 из 104