
Claudia tragó saliva, intentando mantener la compostura. Thomas Dalton tenía una forma de mirar a una mujer que… ¿Le gustaban sus labios? ¿Estaría pensando en besarla? ¿O tenía una espinaca entre los dientes?
– De dibujitos o lisos?-preguntó, concentrándose en la conversación.
– Con dibujitos, pero nada de colores pastel. ¿Por qué demonios estamos hablando de mi ropa interior?
– Quería mi opinión personal, ¿no? Pues a mí me gustan los hombres con calzoncillos de dibujitos. Los blancos no me dicen nada.
Dalton se aclaró la garganta.
– Me temo que estamos perdiendo el tiempo con un tema irrelevante. Deberíamos empezar de nuevo la entrevista-dijo, levantándose y ofreciéndole su mano-. Señorita Webster, encantado de conocerla. Soy Thomas Dalton, director general de estos almacenes. Y estoy deseando escuchar sus ideas para dirigir el departamento de lencería.
– Yo… no soy la señorita Webster-explicó ella, distraída por el roce de su mano-. Soy Claudia Moore. He venido a solicitar el puesto de paje de Santa Claus.
El hizo una mueca de incredulidad.
– ¿Cómo?
– Debería haberme entrevistado con el señor Robbins. Pensé que era usted.
– Pero yo estaba hablando de ropa interior… ¿Cree que hablo de estas cosas con todo el que entra en mi oficina?
Claudia se encogió de hombros. Hacerse la ingenua podría funcionar.
– Yo también me quedé un poco sorprendida, pero es que necesito el trabajo. Podría haberme hablado de su vida sexual y yo le habría aconsejado… siempre que así consiguiera el puesto.
Thomas Dalton esbozó una sonrisa que se borró inmediatamente de sus labios. Claudia se quedó he lada. Había descubierto que estaba jugando con él y tenía que hacer algo para que no la echase a patadas.
– Me gustaría mucho ser uno de los pajes de Santa Claus.
– Por qué?
– Porque he oído las historias que cuentan sobre el Santa Claus de los almacenes Dalton. Por lo visto, hace realidad los sueños de los niños.
