
– Yo no sé nada de eso-replicó él.
– ¿Cómo? Santa Claus es su empleado y usted es el jefe, ¿no?
– Ahora mismo eso sería tema de debate.
– Pues yo quiero hacer realidad los sueños de los niños. Quiero conocer a ese hombre y… y disfrutar de la pureza de su corazón.
En ese momento alguien abrió la puerta del des pacho.
– Señor Dalton… ¡ Ah, ahí está!-exclamó la secretaria dirigiéndose a Claudia-. Creía que se había marchado.
– Señorita Lewis, dígale a Robbins que recomiendo a la señorita Moore para el puesto de paje de Santa Claus. Es lista, atrevida…, y posee todas las cualidades que debe tener un buen paje.
– Venga conmigo-dijo la secretaria-. El señor Robbins está esperando.
Claudia se levantó, cortada.
– Ha sido un placer conocerla, señorita Moore-sonrió Thomas Dalton, estrechando su mano-. Y espero que encuentre en los almacenes Dalton la «pureza» que tanto desea.
Aquella vez no pudo dejar de notar la fuerza de sus dedos y el calor que recorría su brazo. Por un momento, pensó que no quería dejarla ir.
– Puede llamarme Claudia-dijo por fin-. Ha sido un placer conocerlo, Tom. O es Thomas?
El sonrió de nuevo, encantador, tan diferente de la fachada distante que quería mantener al principio.
– Mis socios me llaman Thomas. Mis amigos me llaman Tom. Pero si quiere ser uno de nuestros pajes, tendrá que llamarme señor Dalton.
La señorita Lewis carraspeó y Claudia la siguió hasta la puerta. Cuando se volvió, vio a Thomas Dalton mirándola con una sonrisa enigmática. Desde luego, si sabía algo sobre la vocación benéfica de su Santa Claus no pensaba decírselo. Pero ella no pensaba rendirse. Tendría que volver a intentarlo y, tarde o temprano, cantaría.
Nada impediría que consiguiera aquella historia. Ni siquiera el guapísimo e increíblemente sexy Thomas Dalton.
