Me acuerdo del sillón donde me sentaron, que era como el de los barberos, de la sensación de las pinzas metálicas dentro de mi garganta y del sabor de la sangre llenándome la boca. Yo era aún pequeña, pero corrí tan deprisa que mis padres no pudieron alcanzarme hasta la misma puerta de mi casa, donde empecé a gritar: «¡Me han matado, me han matado!», y entonces se formó un círculo de gente a nuestro alrededor, y me parece que después vino un guardia, porque recuerdo a mi padre muy nervioso, dando explicaciones, y a mi madre diciendo que qué sofoco más grande y que ojalá se la tragara la tierra. ¿Qué edad tendría yo entonces? Puede que unos siete años. Sí, tenía siete años, porque lo que he contado pasó en invierno, y ese mismo año, un día de principios de la primavera, entró la República.

Aquello de que llegara la República me debió de causar casi la misma impresión que mi operación de anginas, porque lo recuerdo tan bien como si hubiera ocurrido ayer mismo. Era un martes por la mañana y yo estaba en el colegio. La hermana Etelvina nos daba clase de lectura con el Manuscrito, un libro impreso con caligrafías tan enrevesadas que parecían haberlas inventado a propósito para martirizarnos. Yo estaba de pie y leía aquello de «¡Papá, papá! -exclamó alborozado Serafín», cuando de pronto se abrió la puerta del aula y entró la hermana Carmen, que era la monja que nos daba clase de labores y música. Y venía sin resuello, como si hubiera subido corriendo las escaleras para avisarnos de que había niego.

– ¡Ave María purísima, madre! Vengo a llevarme ahora mismo a las niñas a la capilla. Lo manda la madre superiora.

– Pero ¿qué pasa, madre?

– ¡El rey! -dijo la hermana Carmen con grandes aspavientos-. ¡Lo han echado! Dicen que en la capital están prendiendo fuego a las iglesias y que se llevan a los sacerdotes y a las religiosas para… para…



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