
Cuando llegó la hora de salir nos asomamos a la calle con mucha cautela, temiendo encontrarnos una horda de hombres malos de los que querían la República. Pero yo no vi nada extraño. Si acaso, que aquel día había ido mi padre a recogerme, aunque casi siempre venía mí madre o la muchacha. Y qué contento estaba. Si hasta parecía más joven. Recuerdo que me alzó hasta su cara como si yo fuera todavía una criatura, y me dio un beso tan grande que el oído me estuvo pitando un buen rato. Después, mientras regresábamos a casa, noté que caminaba con mucho brío, pisando muy fuerte y marcando el paso con el bastón, y cada dos por tres se detenía a saludar a algún conocido quitándose el sombrero. Durante el camino sí que vi en la calle algunas cosas fuera de lo común, como que la ciudad parecía más animada que de costumbre, que los bares estaban llenos, que la gente formaba grupos y que todos hablaban muy fuerte y parecían nerviosos. Nos cruzamos con una banda de música que iba tocando una marcha muy alegre, y mí padre me explicó que lo que tocaban se llamaba La Marsellesa, y que era a la vez el himno de Francia y de la libertad. Pasaban muchos coches, más de los que yo había visto nunca, y la mayoría hacían sonar el claxon. Los que iban dentro sacaban medio cuerpo por las ventanillas para poder agitar los brazos y lanzar vivas a la República. Otros hacían ondear una bandera distinta de la de siempre, tricolor, con una franja morada abajo. Y algunos cantaban a grito pelado una canción que decía que a los curas y a las monjas les iban a dar una paliza y no sé cuántas barbaridades más, y a mí me dio mucha rabia oírla, porque les tenía mucho afecto a las monjas dominicas de mi colegio y no quería que les pasara nada malo.
