Cuando llegamos a casa, mi madre no estaba contenta, sino muy preocupada por todo aquel jaleo, y a mí me pareció que había estado llorando. Nadie hablaba durante la comida, pero mi padre destapó una botella de un vino que guardaba para una ocasión especial y se puso en pie para brindar. Y todo aquello era porque había entrado la República.

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No puedo decir que la República cambiara mucho nuestras vidas. Aunque sí es cierto que desde aquel día mi padre empezó a recibir más visitas que antes. Venían por casa unos señores muy bien vestidos a los que yo no había visto nunca, y se encerraban en el despacho para hablar y fumar puros. En esas reuniones participaba también el tío David, que era el hermano mayor y socio de mi padre. Y el tío Arturo, el médico que me operó de anginas, que no era hermano de mi padre, sino primo, aunque quienes no los conocían los tomaban siempre por hermanos de tanto que se parecían. Ahora el tío Arturo se había convertido en un hombre importante. Recorría los pueblos en un coche muy grande, con chófer y escolta, para explicarle a la gente lo que era la República, y lo que era votar y a quién tenían que votar, y se rumoreaba que lo iban a nombrar gobernador civil. El caso es que el despacho de mi padre se había convertido en un lugar de reunión, que él parecía más ocupado y nervioso con aquello de la República y que cada vez tenía menos tiempo para mí.

Yo pasaba mucho rato en el cuarto de mi abuela viéndola hacer ganchillo, y alguna vez le pregunté qué le parecía todo aquel lío. Pero ella casi nunca me contestaba. Todo lo más dejaba la aguja quieta unos instantes y me miraba con una cara muy triste.



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