
Se sentó de través en su sillón y sopló en su café, dirigiendo su mirada hacia el panel donde estaban clavados los informes, las urgencias y, en el centro, las notas que resumían los objetivos de la misión de Quebec. Tres hojas limpiamente fijadas, una al lado de otra, por tres chinchetas rojas. Huellas genéticas, sudor, orines y ordenadores, hojas de arce, bosques, lagos, caribús. Mañana firmaría la orden de la misión y, dentro de ocho días, despegaría. Sonrió y bebió un trago de café, con el espíritu tranquilo, feliz incluso.
Y sintió de pronto aquel mismo sudor frío depositándose en la nuca, aquella misma molestia que le oprimía, las zarpas de aquel gato saltando sobre sus hombros. Se dobló por el golpe y dejó con precaución el vasito en la mesa. Segundo malestar en una hora, turbación desconocida, como la visita inesperada de un extraño, provocando un brutal «quién vive», una alarma. Se obligó a levantarse, a andar. Salvo ese golpe, ese sudor, su cuerpo respondía normalmente. Se pasó las manos por el rostro, relajando su piel, frotándose la nuca. Un malestar, una especie de convulsión defensiva. El mordisco de una angustia, la percepción de una amenaza y el cuerpo que se yergue ante ella. Y, ahora que de nuevo se movía con facilidad, permanecía en él una inexpresable sensación de pesadumbre, como un opaco sedimento que el oleaje abandona en el reflujo.
