– ¿Quién es ese tipo? -repetía Adamsberg sin soltarle el brazo.

– Neptuno saliendo de las olas -respondió Danglard sonriendo.

– ¿Está usted seguro?

– Neptuno o Poseidón, como prefiera.

– ¿Es el dios del mar o el de los infiernos?

– Son hermanos -explicó Danglard, contento de estar dando un curso de mitología en plena noche-. Tres hermanos: Hades, Zeus y Poseidón. Poseidón reina sobre el mar, sobre sus azures y sus tormentas, pero también sobre sus profundidades y sus amenazas abisales.

Adamsberg había soltado ahora su brazo y, con las manos a la espalda, le escuchaba.

– Aquí -prosiguió Danglard paseando su dedo por el cartel- podemos verlo rodeado de su corte y de sus demonios. He aquí los beneficios de Neptuno, he aquí su poder para castigar, representado por su tridente y la serpiente maléfica que arrastra hacia los abismos. La representación es académica, la factura blanda y sentimental. No puedo identificar al pintor. Algún desconocido oficiante para los salones burgueses y probablemente…

– Neptuno -interrumpió Adamsberg en tono pensativo-. Bien, Danglard, infinitas gracias. Regrese ahora, vuelva a dormirse, y perdón por haberle despertado.

Antes de que Danglard hubiera podido pedir explicaciones, Adamsberg había parado un taxi y había metido en él a su adjunto. Por el cristal, vio al comisario alejándose con paso lento, una delgada silueta negra y encorvada, bamboleándose levemente en la noche. Sonrió, se frotó maquinalmente la cabeza y encontró el pompón cortado de su gorro. Presa de la inquietud, bruscamente, tocó por tres veces el embrión de aquel pompón para que le diera suerte.

V

Una vez en casa, Adamsberg recorrió su heterogénea biblioteca en busca de un libro cualquiera que pudiese hablarle de Neptuno Poseidón. Sólo encontró un viejo manual de Historia donde, en la página sesenta y siete, el dios del mar se le apareció en todo su esplendor, llevando en la mano su arma divina. Lo examinó un momento, leyó el pequeño comentario al pie del bajorrelieve, luego, con el libro en la mano aún, se tiró en la cama vestido, empapado de fatiga y pesadumbre.



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