El aullido de un gato que se peleaba en los tejados le despertó hacia las cuatro de la madrugada. Abrió los ojos en la oscuridad, miró el marco más claro de la ventana, ante su cama. La chaqueta colgada de la manija formaba una ancha silueta inmóvil, la de un intruso que se hubiera colado en su habitación y le observara dormir. El polizón que se le había metido dentro y no se iba. Adamsberg cerró brevemente los ojos y los abrió de nuevo. Neptuno y su tridente.

Esta vez, sus brazos comenzaron a temblar, su corazón se aceleró. Nada que ver con los cuatro tornados que había sufrido, sólo estupefacción y terror.

Bebió un largo trago del grifo de la cocina y se roció el rostro y el pelo con agua fría. Luego abrió todos los armarios en busca de algún licor, una bebida fuerte, picante, con especias, no importaba. Seguro que había algo así en alguna parte, un resto abandonado al menos, cierta noche, por Danglard. Encontró por fin una botella de terracota que no le resultaba familiar, cuyo tapón sacó rápidamente. Pegó su nariz al gollete, examinó la etiqueta. Ginebra, 44°. Sus manos hacían temblar la gruesa botella. Llenó un vaso y lo vació de golpe. Dos veces seguidas. Adamsberg sintió que su cuerpo se desmembraba y fue a derrumbarse en un viejo sillón, dejando sólo encendida una lamparilla.


Ahora que el alcohol había entumecido sus músculos, podía reflexionar, comenzar, intentarlo. Intentar mirar al monstruo que la evocación de Neptuno había hecho emerger, por fin, de sus propias cavernas. El polizón, el terrible intruso. El asesino invencible y altivo al que llamaba el Tridente. El inasible criminal que había hecho que su vida se tambaleara, treinta años antes. Durante catorce años le había perseguido, acosado, esperando atraparlo cada vez y perdiendo, sin cesar, su móvil presa. Corriendo, cayendo, echando de nuevo a correr.



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