O que abandonaban decididamente el lugar para trasladarse a los bares de los alrededores. Los expedientes se petrificaban a continuación. Expedientes primordiales, crímenes de sangre. Que a la enorme caldera le traían sin cuidado. Aguardaba, princesa y tirana, a que un técnico tuviera a bien desplazarse para ponerse a sus pies. En señal de buena voluntad, Adamsberg había descendido, pues, a rendirle un corto y vano homenaje y a buscar allí, sobre todo, algo de sombra y silencio, y a escapar a las quejas de sus hombres.


Aquellas lamentaciones, cuando se conseguía mantener una temperatura de diez grados en los locales, eran un mal augurio para el cursillo sobre ADN en Quebec, donde el otoño se anunciaba duro; menos cuatro grados ayer en Ottawa, y nieve, ahora, por aquí y por allá. Dos semanas centradas en las huellas genéticas: saliva, sangre, sudor, lágrimas, orina y excreciones diversas, capturados ahora en los circuitos electrónicos, seleccionados y triturados, convertidos todos los licores humanos en verdaderas máquinas de guerra de la criminología. A ocho días de la partida, los pensamientos de Adamsberg habían despegado ya hacia los bosques de Canadá, inmensos, le decían, salpicados de millones de lagos. Su adjunto Danglard le había recordado, refunfuñando, que se trataba de mirar pantallas y en ningún caso la superficie de los lagos. Hacía ya un año que el capitán Danglard refunfuñaba. Adamsberg sabía por qué y aguardaba pacientemente que el enfado se esfumara.


Danglard no soñaba con los lagos, rezaba todos los días para que un caso candente dejara clavada allí a la brigada entera. Desde hacía un mes, rumiaba su próxima muerte en la explosión del aparato sobre el Atlántico. Sin embargo, desde que el técnico que debía llegar no llegaba, estaba de mejor humor. Apostaba por esta imprevista avería de la caldera, esperando que aquel frío ahuyentase a los absurdos fantasmas que surgían de las vastas extensiones heladas de Canadá.



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