
Se sentó en el suelo con la espalda contra el radiador, apretándose las rodillas con las manos, pensando en el tío abuelo así aovillado en un hueco de la roca. Tenía que concentrarse, fijar la mirada en un punto, zambullir sus ojos en lo más profundo sin soltar la presa. Regresar a la primera aparición del Tridente, a la ráfaga inicial. Cuando hablaba de Rembrandt pues, cuando explicaba a Danglard el fallo en el caso de Hernoncourt. Repasó en su memoria la escena. Memorizar las palabras le exigía un laborioso esfuerzo, porque las imágenes se incrustaban fácilmente en él, como guijarros en la tierra blanda. Volvió a verse sentado en la esquina de la mesa de Danglard, volvió a ver el rostro descontento de su adjunto bajo un gorro con pompón segado, el vaso de vino blanco, la luz que venía de la izquierda. Y él, hablando del claroscuro. ¿Con qué actitud? ¿Con los brazos cruzados? ¿Sobre las rodillas? ¿Con la mano en la mesa? ¿En el bolsillo? ¿Qué hacía con sus manos?
Tenía un periódico. Lo había tomado de la mesa, donde lo había desplegado y hojeado sin verlo durante la conversación. ¿Sin verlo? ¿O, por el contrario, mirándolo? ¿Con tanta fuerza que el mar de fondo había brotado de su memoria?
Adamsberg consultó su reloj: las cinco y veinte de la madrugada. Se levantó rápidamente, se arregló la arrugada chaqueta y salió. Siete minutos más tarde, desconectaba la alarma del portal y entraba en los locales de la Brigada. El vestíbulo estaba helado, el especialista que debía acudir a las siete no había ido.
Saludó al centinela de guardia y entró sin ruido en el despacho de su adjunto, tratando de que el equipo de guardia no advirtiera su presencia. Se limitó a encender la lámpara de la mesa y buscó el periódico. Danglard no era de los que lo dejaban abandonado en la mesa y Adamsberg lo encontró guardado en el archivador. Sin tomarse el tiempo de sentarse, volvió las páginas buscando alguna señal neptuniana. Fue algo peor. En la página 7, y bajo el titular «Joven asesinada de tres cuchilladas en Schiltigheim», una mala foto mostraba un cuerpo en una camilla. Pese a la ancha trama del cliché, se distinguía el jersey azul pálido de la muchacha y, en lo alto del vientre, tres agujeros rojos alineados.
