Y cayendo había perdido las esperanzas y, sobre todo, había perdido a su hermano. El Tridente había escapado, siempre. Un titán, un diablo, un Poseidón infernal. Que levantaba su arma de tres puntas y mataba de un solo golpe en el vientre. Dejando tras de sí a sus víctimas empaladas, marcadas con tres trazos rojos alineados.

Adamsberg se incorporó en su sillón. Las tres chinchetas rojas alineadas en la pared de su despacho, los tres agujeros sanguinolentos. El largo tenedor de tres púas que manejaba Enid, el reflejo de las puntas del Tridente. Y Neptuno, levantando su cetro. Las imágenes que tanto daño le habían hecho, provocando los tornados, haciendo que afluyera la pesadumbre, liberando como un chorro de lodo su renacida angustia.

Debería haberlo sabido, pensaba ahora. Relacionado la violencia de esos golpes con la magnitud dolorosa de su larga historia con el Tridente. Puesto que nadie le había causado más dolor y espanto, angustia y rabia que aquel hombre. Fue necesario, dieciséis años atrás, rellenar, emparedar y, luego, olvidar la abertura que el asesino había excavado en su vida. Y ahora se abría, brutalmente, ante sus pasos, sin razón.


Adamsberg se levantó y recorrió la estancia, con los brazos cruzados sobre el vientre. Por un lado, se sentía liberado y casi descansado al haber identificado el ojo del ciclón. Los tornados no regresarían. Pero la brutal reaparición del Tridente le asustaba. Aquel lunes 6 de octubre reaparecía como un espectro, atravesando súbitamente las murallas. Inquietante despertar, inexplicable retorno. Guardó la botella de ginebra y lavó cuidadosamente su vaso. Debía entender por qué ese viejo fantasma había regresado. Entre su apacible llegada a la Brigada y la aparición del Tridente le faltaba, de nuevo, un vínculo.



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