
– ¿No podía haberlo dicho antes? -preguntó Danglard-. ¿Antes de que pasara a máquina todo el informe?
– Se me ha ocurrido esta noche -dijo Adamsberg cerrando bruscamente el periódico-. Mientras pensaba en Rembrandt.
Doblaba a toda prisa el diario, desconcertado por un brutal malestar que acababa de asaltarle con violencia, como un gato te salta encima sacando todas las garras. Una sensación de choque, de opresión, un sudor en la nuca a pesar del frío del despacho. Pasaría, sin duda, estaba pasando ya.
– En este caso -prosiguió Danglard recogiendo su informe-, tendremos que quedarnos aquí para ocuparnos de ello. ¿Cómo hacerlo si no?
– Mordent seguirá con el caso cuando nos hayamos marchado, lo hará muy bien. ¿Cómo va lo de Quebec?
– El prefecto espera nuestra respuesta mañana a las dos -respondió Danglard con el ceño fruncido por la inquietud.
– Muy bien. Convoque una reunión de los ocho miembros del cursillo, a las diez y media en la Sala del Capítulo. Danglard -prosiguió tras una pausa-, no está obligado a acompañarnos.
– ¿Ah, no? El prefecto ha establecido personalmente la lista de participantes. Y estoy el primero.
En aquel mismo instante, Danglard no tenía precisamente el aspecto de uno de los miembros más eminentes de la brigada. El miedo y el frío le habían arrebatado su habitual dignidad.
