
– Siempre podemos alegar una gripe provocada por la caldera averiada -propuso Adamsberg.
Danglard sopló en sus manos enguantadas.
– Debo ascender a comandante en menos de dos meses -murmuró- y no puedo arriesgarme a perder este ascenso. Tengo cinco mocosos a los que alimentar.
– Enséñeme ese mapa de Quebec. Enséñeme adónde vamos.
– Se lo he dicho ya -respondió Danglard desplegando un mapa-. Aquí -dijo poniendo su dedo a dos leguas de Ottawa-. Al culo del mundo, un lugar llamado Hull-Gatineau, donde la GRC ha instalado uno de los cuarteles del Banco Nacional de Datos Genéticos.
– ¿La GRC?
– Ya se lo dije -repitió Danglard-. La Gendarmería Real de Canadá. La policía montada con botas y guerrera roja, como en los viejos tiempos, cuando los iraqueses dictaban aún la ley a orillas del San Lorenzo.
– ¿Con guerrera roja? ¿Siguen yendo así?
– Sólo para los turistas. Si tan impaciente está por partir, tal vez convendría que supiera dónde va a poner los pies.
Adamsberg sonrió ampliamente y Danglard agachó la cabeza. No le gustaba que Adamsberg sonriera de esa manera cuando él había decidido refunfuñar. Pues, según decían en la Sala de los Chismes, es decir, en el habitáculo donde se amontonaban las máquinas de comida y de bebidas, la sonrisa de Adamsberg doblegaba la resistencia y licuaba los hielos árticos. Y Danglard reaccionaba de ese modo, como una muchacha, lo que, a sus más de cincuenta años, le contrariaba mucho.
