– Le recuerdo, Danglard, que se trata de una proposición excepcional de colaboración y de uno de los sistemas más efectivos que existe. Los canadienses nos llevan ventaja en este terreno. Negándonos pareceríamos cretinos.

– ¡Tonterías! No me diga que es su ética profesional la que le impulsa a hacernos trotar por el hielo.

– Eso es, sí.

Danglard vació su vaso de un solo trago y miró el rostro de Adamsberg, adelantando el mentón.

– ¿Algo más, Danglard? -preguntó suavemente Adamsberg.

– Su motivo -gruñó-. Su verdadero motivo. ¿Y si hablara de ello en vez de acusarme de sabotaje? ¿Y si me hablara de su propio sabotaje?

«Bueno», pensó Adamsberg. «Ya estamos.»

Danglard se levantó de pronto, abrió su cajón, sacó la botella de vino blanco y llenó generosamente su vaso. Luego dio una vuelta por la estancia. Adamsberg se cruzó de brazos, esperando el chaparrón. De nada servía argumentar en ese estadio de cólera y vino. Una cólera que estalló por fin, con un año de retraso.

– Vamos a ello, Danglard, si lo desea.

– Camille. Camille está en Montreal y usted lo sabe. Por eso y sólo por eso nos amontona usted en ese jodido boeing de mierda.

– Ya estamos.

– Eso es.

– Y eso no es cosa suya, capitán.

– ¿No? -gritó Danglard-. Hace un año, Camille se esfumó, salió de su vida en uno de esos diabólicos barrenazos cuyo secreto posee. ¿Y quién deseaba volver a verla? ¿Quién? ¿Usted o yo?

– Yo.

– ¿Y quién le siguió la pista? ¿Quién la encontró, la localizó? ¿Quién le proporcionó su dirección en Lisboa? ¿Usted o yo?

Adamsberg se levantó y fue a cerrar la puerta del despacho. Danglard siempre había venerado a Camille, a la que ayudaba y protegía como a una obra de arte. No había nada que hacer. Y ese fervor protector concordaba muy mal con la tumultuosa vida de Adamsberg.



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