
– Sé de todos modos que esa GRC está a orillas del río Outaouais -observó Adamsberg-. Y que hay bandadas de aves silvestres.
Danglard bebió un trago de vino blanco y sonrió con cierta sequedad.
– Ocas marinas -precisó-. Y el Outaouais no es un río, es un afluente. Es como doce veces el Sena, pero es un afluente. Que desemboca en el San Lorenzo.
– Bueno, un afluente si quiere. Sabe usted demasiado para dar marcha atrás, Danglard. Está ya en el engranaje y partirá. Tranquilícese y dígame que no ha sido usted quien, con nocturnidad, ha acabado con la caldera, y que tampoco ha matado por el camino al técnico que debe venir y que no llega.
Danglard levantó un rostro ofendido.
– ¿Con qué objeto?
– Petrificar las energías, congelar las veleidades de aventura.
– ¿Sabotaje? No piensa usted lo que está diciendo.
– Sabotaje menor, benigno. Más vale una caldera averiada que un boeing que estalla. Porque éste es el verdadero motivo de su negativa. ¿No es cierto, capitán?
Danglard dio un brusco puñetazo en la mesa y unas gotas de vino cayeron sobre los informes. Adamsberg dio un respingo. Danglard podía mascullar, gruñir o poner mala cara en silencio, modos mesurados todos ellos de expresar su desaprobación si venía al caso, pero era ante todo un hombre educado, cortés, y de una bondad tan vasta como discreta. Salvo en un solo tema, y Adamsberg se puso rígido.
– ¿Mi «verdadero motivo»? -dijo secamente Danglard, con el puño cerrado aún en la mesa-. ¿Qué coño puede importarle a usted mi «verdadero motivo»? Yo no dirijo esta brigada y no he sido yo quien ha decidido hacernos embarcar para ir a hacer el idiota en la nieve. Mierda.
Adamsberg agachó la cabeza. Era la primera vez, en años, que Danglard le decía mierda a la cara. Y eso no le afectó, dada su capacidad de indolencia y de placidez poco usuales, que algunos llamaban indiferencia y desprendimiento, y que destrozaba los nervios de quienes intentaban evitar un enfrentamiento con él.
