La Biblia de cuero se adhería a sus manos sudorosas, y el alzacuello lo apretaba demasiado. No había aire suficiente en aquella antesala de los condenados a muerte; las paredes de cemento gris los enclaustraban, y el único orificio era un ventanuco que sólo dejaba ver un trozo de noche. El olor penetrante de los pimientos verdes y la cebolla le estaba revolviendo el estómago. El padre Francis lanzó una mirada a los restos de la última cena de Jeffreys, trocitos de pizza y gotas pegajosas de refresco; una mosca revoloteaba sobre las migas de un pastel de queso.

– ¿Y ahora? -preguntó Jefrreys, a la espera de recibir instrucciones.

El padre Francis no podía pensar sintiendo la mirada penetrante de Jeffreys ni oyendo al gentío que se agolpaba a la entrada de la cárcel, en el aparcamiento. Los coros cobraban fuerza con la proximidad de la medianoche y los efectos del alcohol. Era una celebración estrepitosa, una excusa morbosa para organizar un botellón.

– ¡A la silla, a la silla! -decían una y otra vez, como si fuera una nana o una tonada, melódica y contagiosa, nauseabunda y atemorizante. Jeffreys, sin embargo, parecía ajeno al sonido.

– No me acuerdo muy bien. ¿Qué viene ahora?

Sí, ¿qué venía ahora? El padre Francis tenía la mente en blanco. Hacía cincuenta años que escuchaba confesiones… y tenía la mente en blanco.

– Tus pecados -barbotó por fin-. Dime tus pecados.

En aquel momento, Jefrreys vaciló. Deshizo el dobladillo de la camisa y se enrolló el hilo en el dedo índice con tanta fuerza que la yema enrojeció. El sacerdote lanzó una mirada larga y furtiva al preso que estaba encogido en la silla. No era el mismo hombre de las fotografías borrosas de los periódicos ni de las imágenes de la televisión. Con la cabeza y la barba rapadas, Jeffreys parecía vulnerable, demasiado joven para sus veintiséis años. Había engordado en los seis años que llevaba en el corredor de la muerte, pero conservaba un aire pueril. De pronto, al padre Francis lo entristeció pensar que aquel rostro aniñado jamás conocería las arrugas… Hasta que Jeffreys alzó la vista y lo taladró con sus ojos azules y gélidos como agujas de cristal, afilados, vacíos y transparentes. Sí, aquéllos eran los ojos del mal. El cura parpadeó y bajó la cabeza.



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