– Cuéntame tus pecados -repitió, molesto porque le temblara la voz. No podía respirar. ¿Acaso Jefrreys había absorbido todo el oxígeno de la habitación? Carraspeó-. Los pecados de los que estés arrepentido.

Jeffreys se lo quedó mirando. Después, sin previo aviso, profirió una sonora carcajada. El padre Francis se sobresaltó, y Jefrreys se rió con más ganas. Se aferró a la Biblia con dedos trémulos mientras observaba las manos de Jefrreys. ¿Por qué habría insistido en que le quitaran las esposas? Ni siquiera Dios podía rescatar a los necios. Gotas de sudor resbalaban por su espalda. Pensó en huir, en salir de allí antes de que Jefrreys comprendiera que un último asesinato le saldría por el mismo precio… Hasta que recordó que la puerta estaba cerrada por fuera.

La risa cesó con la misma brusquedad con la que había empezado. Se hizo el silencio.

– Es igual que los demás, padre -la acusación grave y gutural emergía de un lugar hondo y sin vida. Aun así, Jeffreys sonrió, dejando al descubierto dientes pequeños y afilados, salvo los incisivos, más largos-. Espera que confiese algo que no he hecho -con las manos hacía jirones el faldón de la camisa.

– No entiendo -el padre Francis se llevó los dedos al alzacuello para aflojárselo, desolado al descubrir que también le temblaban-. Tenía entendido que habías pedido ver a un sacerdote. Que querías confesarte.

– Sí… Sí, así es -de nuevo, la voz monótona. Jeffreys vaciló, pero sólo un momento-. Maté a Bobby Wilson -declaró con la misma calma con la que pediría un almuerzo-. Le puse las manos… los dedos en torno al cuello. Al principio, hizo un ruido ahogado, una especie de gorgoteo; después, ya no hizo ruido -hablaba en voz baja y contenida, casi aséptica: un discurso muy ensayado-.



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