
– ¿Ayudante Gillick? Hola, soy Christine Hamilton. ¿Se acuerda de mí?
Se la quedó mirando como un soldado de juguete reacio a ceder a ninguna distracción. Después, su mirada se suavizó, y una sonrisa se insinuó en sus labios antes de que controlara el impulso.
– Señora Hamilton. Claro que me acuerdo; es la hija de Tony. ¿Qué la trae por aquí?
– Ahora trabajo para el Omaha Journal.
– Ah -el rostro de soldado reapareció.
Debía idear algo o lo perdería. Reparó en el pelo engo- minado y peinado hacia atrás de Gillick, en el olor penetrante de su aftershave. Hasta el fino bigote estaba cuidadosamente afeitado. No tenía ni una sola arruga en el uniforme, y llevaba la corbata bien anudada contra el cuello y sujeta con un alfiler dorado. Una rápida mirada le bastó para ver que no llevaba alianza.
– No puedo creer lo embarrado que está este sitio. ¡Qué tonta soy!, hasta he perdido los zapatos -se señaló los pies manchados de barro con las uñas pintadas de rojo asomando por debajo de las medias. Gillick echó un vistazo a los pies, y a Christine la complació ver que deslizaba la mirada por sus largas piernas. La incómoda minifalda compensaría por fin su incomodidad.
– Sí, señora, es un asco -Gillick cruzó los brazos y se balanceó sobre los pies, claramente inquieto-. Tenga cuidado, no vaya a resfriarse -una ojeada más y, en aquella ocasión, sus ojos abarcaron algo más que las piernas. Christine notó cómo detenía la mirada a la altura de sus senos y se sorprendió arqueando la espalda para que la chaqueta se le abriera un poco más.
– Menudo lío se ha armado, ¿verdad, Eddie? Es Eddie, ¿verdad?
– Sí, señora -pareció agradarle que lo recordara-. Aunque no estoy autorizado a hablar de lo ocurrido.
– Por supuesto. Lo entiendo -se inclinó hacia él, a pesar del olor de aftershave. Incluso sin zapatos era casi de su misma altura-. Sé que no tienes permiso para hablar del pequeño Alverez -le susurró al oído.
