Los ojos de Gillick reflejaron sorpresa. Enarcó una ceja, y su mirada volvió a suavizarse.

– ¿Cómo se ha enterado? -se volvió para comprobar si alguien lo estaba escuchando.

Bingo. Había dado en la diana. Debía andar con cuidado para no echarlo todo a perder.

~Bueno, ya sabes que no puedo revelar mis fuentes de información, Eddie -¿interpretaría su voz queda como un murmullo seductor o como una artimaña? La seducción nunca había sido su fuerte o, al menos, eso le había asegurado Bruce.

– No, claro -Gillick movió la cabeza; había mordido el anzuelo.

– Imagino que no habrás podido ver nada. Como te ha tocado estar aquí, haciendo el trabajo sucio…

– No, no. Lo he visto todo -sacó pecho, como si afrontara casos como aquél todos los días.

– El niño está en muy malas condiciones, ¿eh?

– Sí, el hijo de perra lo ha destripado -susurró Gillick sin ápice de emoción.

La sangre le bajó de la cabeza, y sintió débiles las rodillas. El muchacho estaba muerto.

– ¡Eh! -gritó Gillick y, por un momento, Christine pensó que había descubierto el engaño-. ¡Apague esa cámara! Disculpe, señora Hamilton.

Mientras Gillick intentaba hacerse con la cámara del Canal Nueve, Christine regresó a su coche. Se sentó con la puerta abierta, abanicándose con el bloc de notas vacío e inspirando hondo el aire fresco de la noche. A pesar del frío, tenía la blusa pegada al cuerpo.

Danny Alverez estaba muerto, asesinado. Citando al ayudante Gillick, «destripado».

Christine ya tenía su primer reportaje importante y, sin embargo, en la boca del estómago, el hormigueo se había transformado en siseo de cucarachas.

Capítulo 2

Sábado, 25 de octubre



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