– ¿De modo que hasta en Nebraska soy una celebridad? -Maggie pasó por alto la irritación que había percibido en su superior. Un mes antes, no habría existido. Un mes antes, lo habría enorgullecido que hubieran requerido la colaboración de uno de sus protegidos-. ¿Cuándo salgo para allá?

– No tan deprisa, O'Dell -Maggie sujetó con fuerza el auricular y aguardó a oír el sermón-. Estoy seguro de que el montón de informes brillantes que Weston tenía sobre ti no incluía el último caso.

Maggie se detuvo y se recostó contra la encimera. Se llevó la mano al estómago, esperando, acorazándose contra la náusea.

– Espero sinceramente que no vayas a echarme en cara el caso Stucky cada vez que vaya a investigar un homicidio -el temblor de su voz parecía causado por el enojo.

Eso estaba bien… la furia era mejor que la debilidad.

– Sabes que no es eso lo que hago, Maggie.

Cielos, la había llamado por su nombre de pila. Iba a ser un sermón memorable. Permaneció inmóvil y hundió las uñas en un paño cercano.

– Me preocupas, eso es todo -prosiguió-. No te has tomado un descanso después de lo de Stucky. Ni siquiera has ido a ver al psicólogo de la casa.

– Kyle, estoy bien -mintió, irritada por el repentino temblor de su mano-. No es como si fuera la primera vez. He visto sangre y tripas de sobra en los últimos ocho años. Ya casi nada me sorprende.

– Eso es precisamente lo que me preocupa. Maggie, estuviste en el centro de esa carnicería. Es un milagro que Stucky no te matara. Por muy dura que seas, no es lo mismo encontrárselo todo hecho que ver cómo te salpican la sangre y las tripas.

No necesitaba que Kyle se lo recordara, a Maggie no le costaba ningún trabajo evocar la imagen de Albert Stucky descuartizando a aquellas mujeres: aquel drama cruento y mortal interpretado sólo para Maggie. Todavía escuchaba su voz en mitad de la noche:



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